Hoy se lamenta el arroyo
por la campiña reseca
con el corazón callado
y desangrada su vena.
Alargada, su figura
por los campos serpentea
arrastrando soledades
por la exigua corredera.
Si los carrizos se apagan
las cañas verdeguean
cuando el ruiseñor suspira
desde su egregia platea
Entre los cerros suaves
el otoño despereza
arañando los cielos
con rojizas entretelas.
Y los rastrojos tranquilos,
derrotada su grandeza,
se recuestan sesteando
amparando las riveras
El reguero, hoy inerte,
es un perfil que se queda
aguardando ser latido
en frondosa primavera.
Ni se extingue ni perece,
tan solo dormido queda,
soñando el alegre mayo
con color del agua fresca.
Antonio Vázquez Miranda
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